Fabrizio I. Mariaca Como es natural a cierta edad, algunos cartílagos de su cuerpo –y solo algunos– habían cobrado notables dimensiones: las orejas y nariz eran prominentes. Además, por la antigüedad del equipo que Dios le puso en la fábrica, ya ni siquiera escuchaba en estéreo. Disciplinadamente, cada mañana vaciaba su bacinica, se vestía y recogía sus dientes del vaso para colocárselos. Así quedaba presta la poderosa mordida para triturar el desayuno y la sensual sonrisa para coquetear con las oficinistas que se le cruzaran en el camino. Era conservador en sus apreciaciones sobre la vida; poseía un innato gusto por los números, interés que en su juventud lo había conducido a obtener la licenciatura en matemáticas. Sin embargo, la falta de campo laboral y los azares de la vida lo habían llevado a colaborar con algún gobierno militar. Jubilado y sin muchas cosas por hacer, cada día caminaba hacia el centro de la ciudad para encontrarse con sus octogenarias amistades, otrora magníficos sementales que por avatares del tiempo hoy sólo podían ser asesores o cronistas de las artes del enamoramiento. Cuando sus amigos lo veían aproximarse decían, en una jerga juvenil tomada seguramente de alguno de los nietos, ¡¡ha llegado el Alvarex!! Así, Alvarex fue degenerando hasta convertirse simplemente en Rex. Una vez reunidos todos, pasaban el día evocando gloriosos acontecimientos de antaño; cada cual contaba una nueva versión de alguna vieja historia. Para ellos el lugar de encuentro era algo parecido al Ágora, allí se conglomeraban los más esclarecidos para analizar cabalmente la realidad del país. Era un sitio magnífico, pues sus opiniones tenían importancia, no como en casa donde desde hace mucho sus criterios no orientaban ni la charla del almuerzo. Lamentablemente, desde hace algún tiempo atrás, se había hecho difícil asistir a la cita diaria con los amigos a causa de los grupos que protestaban marchando o bloqueando las calles. Esta situación molestaba a aquellos ex niños prodigios que lo único que conservaban de infantes era el pañal, pero ahora geriátrico. En las últimas reuniones Rex despotricaba por la pérdida del principio de autoridad demostrada por los recientes gobiernos populacheros, arguyendo que la solución a los problemas ameritaba algo más que buenas intenciones y grandilocuentes discursos. Por ejemplo, narraba que en los años sesenta y setenta los mandatarios eran más ejecutivos, tenían mano firme y vestían elegantes uniformes. Añoraba esas lindas épocas en las que se podía deleitar la vista con los tanques que circulaban por la ciudad para amedrentar a los revoltosos. Rememoraba la utilidad de los confinamientos y lo divertido de interrogar a ciertos individuos con métodos poco ortodoxos. “Eso era gobierno, tranquilidad y orden”, decía Rex. Pero considerando las características y orígenes del gobierno en ejercicio, Rex volvía a la realidad dándose cuenta que ni siquiera la fuerza se emplearía para hacer respetar la ley. Por eso, protestando y evocando momentos para él mejores, caminaba todos los días a la Plaza Murillo para conversar con los amigos sobre el casi extinto estado de derecho. A pesar de la dureza de sus apreciaciones, y aunque su radical posición podía ser calificada más que de democrática como dinocrática, Rex no era del todo un tirano-saurio; a decir verdad en un país es imprescindible un mínimo de orden y mejor actitud de parte de los ciudadanos y, en eso, el licensaurio Rex no se equivocaba. |
El Licensaurio
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1 comentario:
Todos llegaremos a ser saurios. Tú Fabrizaurio y yo Ninoskysauria 😁.
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